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Estrés y enfermedad de Alzheimer: implicaciones en el ámbito aplicado a la luz de la evidencia científica.

22/07/2011     Fuente: www.infocop.es

La demencia tipo Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa irreversible que afecta en torno a 800.000 personas en España. Esta alteración supone, además de un alto coste sanitario, una elevada demanda emocional y social, puesto que la progresión de la demencia hace que los pacientes sean dependientes de su entorno, afectando de una manera importante a la estructura y al funcionamiento familiar. Por tanto, conocer los factores que median en el inicio y en el desarrollo de la demencia resulta fundamental de cara a mejorar la eficiencia de las intervenciones sanitarias.  


A grandes rasgos, se puede definir la enfermedad de Alzheimer (EA) como una alteración neurodegenerativa del sistema nervioso central, caracterizada por el deterioro gradual y progresivo de múltiples funciones cognitivas, especialmente la memoria.

Es sabido que los procesos de estrés crónico producen la secreción de una serie de sustancias hormonales denominadas glucocorticoides (GCs). Los datos de las investigaciones más recientes muestran cómo unos niveles elevados de estrés mantenidos en el tiempo, con la consiguiente secreción excesiva de GCs, pueden producir una aceleración en la degeneración neuronal característica de la EA. Además, se ha postulado cómo la presencia elevada de GCs puede dar lugar a alteraciones de diferentes estructuras cerebrales entre las que destacan el hipocampo y algunas regiones frontales.

A su vez, se ha comprobado, en diferentes estudios con animales, que una presencia elevada de GCs provoca una aceleración en el proceso de muerte neuronal a nivel del hipocampo , generándose alteraciones en las funciones cognitivas de aprendizaje y de memoria.

El incremento de la esperanza de vida en las sociedades occidentales ha promovido un interés creciente por el conocimiento de las variables implicadas en la calidad de vida en la vejez. Sin embargo, la mayoría de investigaciones se centran únicamente en analizar áreas concretas que afectan a las personas ancianas cuando el bienestar psicosocial es consecuencia de la interacción de factores físicos, psicológicos y sociales (Cava y Musitu, 2000), entren los cuales, el estrés debe tener un papel destacado.

El anciano se enfrenta a una serie de estresores presentes en su vida cotidiana, entre los que destacan el decremento de las capacidades cognitivas y físicas, enfermedades crónicas, muerte de familiares o amigos, soledad, inminencia de la muerte, la pérdida de apoyo social subjetivo u objetivo e ingresos en residencias geriátricas nuevas o diferentes de su entorno habitual. Aunque, a lo largo de los años, se han ido desarrollando programas de intervención para mejorar el bienestar emocional del anciano, se hace necesario generalizar dichas intervenciones en psicología aplicada con el objetivo de prevenir y paliar los estados emocionales negativos tanto de ancianos institucionalizados como no institucionalizados.

Dado que las situaciones generadoras de estrés y los modos de afrontamiento utilizados por los individuos varían de acuerdo a las distintas etapas evolutivas, es necesario desarrollar programas de reducción y control del estrés en particular, y de la emocionalidad negativa en general, adaptados a las características idiosincrásicas de esta etapa de la vida. Los programas de reducción de estrés en la tercera edad deben contemplar, en primer lugar, la transmisión de un conjunto de conocimientos que posibilite al anciano la capacidad para reconocer los estresores que pueden darse en su vida, un entrenamiento dirigido al control de las condiciones que favorecen el estrés y el desarrollo de diversas habilidades personales destinadas a favorecer el cambio en las estrategias con las que se abordan los problemas cotidianos.

Por tanto, podríamos sugerir cuatro áreas fundamentales que los programas de reducción de estrés en el anciano deberían incluir:

1.- Entrenamiento en estrategias generales, cuyos objetivos son el mantenimiento y la promoción de un estado físico óptimo (realización ejercicio físico adaptado a la persona, control de la dieta apropiada a la edad, etc.), fomento de una red de apoyo social, así como la implicación en actividades de ocio.

2.- Trabajo en el plano cognitivo, mediante estrategias dirigidas al desarrollo de un pensamiento positivo y ajustado, que favorezca un mayor ajuste a la vida cotidiana.

3.- Estrategias fisiológicas encaminadas a la prevención y control de los estados de activación psicofisiológica elevada.

4.- Estrategias conductuales como el entrenamiento en habilidades sociales, la solución de problemas, el autocontrol o la gestión del tiempo, cuya finalidad radica en favorecer el desarrollo de recursos personales, el proceso de toma de decisiones y el enfrentamiento a situaciones conflictivas.

En última instancia, todos estos objetivos terapéuticos redundarán en otras áreas importantes de la salud y que están presentes en un porcentaje elevado de personas en edad avanzada como la hipertensión arterial, dolor crónico, etc.

Con el objetivo de aminorar el gasto de los recursos sanitarios así como prevenir y dotar a los pacientes de una mejor calidad de vida en el decurso de la EA, se hace necesario trasladar al terreno aplicado, mediante programas específicos de reducción y control de estrés, los hallazgos científicos obtenidos, comprobando la eficacia de dichas intervenciones en la prevención o en el retraso del avance de una patología con mecanismos complejos como es la demencia tipo Alzheimer.

wwww.infocop.es/view_article.asp?id=3393


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